Afrontar la enfermedad «incurable» de un hijo es el infierno en la tierra. No puedo imaginar nada peor.
Marta Brule se enfrentó a ese hecho demoledor con una actitud que debería grabarse a fuego en todo cuidador y en todo enfermo: «con aceptación, pero sin resignación«.
A partir de ese dolor supremo fue construyendo algo que demuestra la potencia inconmensurable del amor y de la voluntad, y en ese camino aplicó otra norma de extrema sabiduría: «no preguntes por qué; pregúntate para qué«.
El cambio desde el victimismo a la comprensión fue decisivo. Cuando en vez de esperar a retomar la vida anterior uno decide abrazar lo que viene para cambiar y entender el propósito que esconde la enfermedad.
Y, así, cuando por 3 veces los médicos casi «exigieron» que su hijo muriera, por 3 veces ambos se negaron a aceptar ese destino.
Tanto, que su hijo sigue vivo muchos años después, negando todos los pronósticos.
Su propio cáncer, que apareció cuando el de su hijo remitía, llegó para darle los últimos coletazos de sabiduría y para ayudarle a tomar decisiones difíciles.
Ahora, años después, ambos están sanos y mejorando.
Y con todo lo aprendido por las malas, con toda la soledad y el dolor como únicos maestros, decidió ayudar a otros enfermos y acompañantes para que no pasaran por lo mismo, en el que ha sido el primer servicio de acompañamiento oncológico en habla hispana: Brulemocion (brulemocion.com).
Un proyecto que se ha transformado en su propósito de vida, algo que puedo comprender perfectamente.
Una misión que ayuda y ayudará a miles, al dejar de preguntar «¿Por qué?«, para poder descubrir el «Para qué«
Carmen y Miguel eran dos personas que (lo mismo que nos sucedió a mi mujer y a mí) «pasaban por allí», y que se vieron arrastradas a un mundo hostil.
Un mundo que les decía que no había nada que hacer, pero ellos se encargaron de demostrar que se equivocaba.
Porque Carmen fue diagnosticada de un glioblastoma hace 5 años y comenzó para ellos un viaje por las entrañas del sistema.
Uno en el que Miguel ha tenido que ejercer de «portero de discoteca» ante una medicina decidida a meter a martillazos dentro del dogma a todo quien se resiste.
Acompáñanos en un viaje que ha conducido a 5 años más de vida cuando los médicos daban a Carmen poco más de 1 año.
Ser acompañante de un enfermo de cáncer implica cargar con unas pesadas mochilas emocionales.
Eso lo sabe bien la invitada de esta semana: Carmen Paula tuvo que acompañar a su madre durante la dura travesía de la enfermedad durante 5 años, hasta su muerte.
Esa experiencia catártica le hizo entender la necesidad de acompañar a los acompañantes y dar todo aquello que ella misma habría necesitado.
Tras formarse en acompañamiento oncológico para pacientes y familiares, PNL oncólogico y otras herramientas para la gestión emocional, ahora ayuda a otros que pasan por lo mismo que ella junto con unas cuantas compañeras en la asociación CalmasKsuman. Atienden también, por supuesto, a pacientes.
Puedes encontrarla en su instagram: @calmas.k.suman
Manuel Martínez es, como lo era yo mismo, un «señor que pasaba por ahí«. Una persona normal cuya vida se vio alterada, de un día para otro y de arriba abajo, tras el diagnóstico de cáncer de su madre con pronóstico desolador.
Manuel inició entonces un viaje de conocimiento práctico que sólo es posible con férrea determinación, alta inteligencia y un profundo amor. El resultado: contradecir las expectativas de los médicos y que su madre viviera mucho más.
Manuel ha ayudado, gracias a ese conocimiento, a otros médicos (y a mí mismo), y continúa decidido a «devolvérsela» al cáncer.
Su historia es dura, pero también llena de esperanza para quienes puedan aprender de ella.