Este es otro ejemplo de sustancia cuyo extraordinario potencial terapéutico la haría merecedora de ser puesta a prueba en ensayos extensos. Su perfil de seguridad garantizaría además que las pruebas en humanos pudieran llevarse a cabo con garantías.
Pero nada de eso se está haciendo, porque se trata de una planta cuyos beneficios se obtienen al consumirse en forma de té o extracto. Al no haber modificación por el medio, que lo convierta en algo hasta cierto punto sintético y garantice la necesidad de una patente, no hay tampoco dinero, y el interés para pagar por pruebas extensas es nulo.
Hablo del diente de león, que ya traté en el tomo II de la enciclopedia del cáncer, dedicado a la microbiota, pero añadiré en este artículo bastante más información.
EN ABIERTO
A veces, lo humilde de una sustancia nos hace pasarla por alto.
Es lógico, porque el bombardeo constante de los cheerleaders de la tecnociencia nos hace creer que sólo las inversiones millonarias y la mente humana podrán hackear a la naturaleza.
Pero lo cierto es que la propia naturaleza ya nos provee con armas magníficas, que otras mentes humanas, menos sometidas a los dictados de procesos industriales deshumanizados, descubrieron hace miles de años mediante el método científico primigenio: observación, hipótesis, prueba y error. Empirismo.
El acerbo de sustancias que las culturas ancestrales nos proveen no puede ser desestimado, como intentan hacer los esbirros de los medios.
La misma industria lleva décadas usando compuestos vegetales que, aislados y modificados lo suficiente como para ser patentables, les han hecho ganar mucho dinero.
En este artículo nos enfocaremos en una planta de enorme potencial anticáncer, muy común en muchas zonas del mundo y como usarla: la Guayaba (Psidium guajava).