EN ABIERTO
Empieza hoy una serie que quiere hacer algo poco habitual: contarte la verdad completa sobre cada “tipo” de cáncer, para que comprendas la realidad completa.
En cada entrega vamos a coger un tipo de cáncer —próstata, mama, colorrectal, melanoma, glioma— y vamos a hacer tres cosas.
No es una serie contra la medicina, pero sí contra una medicina que ha degenerado en un monstruo sin matices, dedicado a exprimir a los enfermos y a usar una “ciencia” manipulada, estéril para curar, pero magnífica para producir pingües beneficios a las corporaciones. Es una serie a favor de que decidas con toda la información, no solo con la parte oficial.
Empezamos por el cáncer de próstata, porque es quizás el ejemplo más claro de un tratamiento que se administra en masa sin que la evidencia lo respalde.
Uno de los tratamientos más crueles, como analicé en profundidad en este artículo.
Indice
Cuando a un hombre le diagnostican cáncer de próstata, los médicos no dan un tratamiento igual para todos.
Siempre miran tres cosas:
En el caso del cáncer de próstata, el punto 2 es el PSA (una proteína en sangre que sube cuando hay actividad tumoral), la puntuación de Gleason (que mide de 1 a 5 lo «agresivas» que se ven las células al microscopio) y el punto 1: si el tumor sigue dentro de la próstata o se ha extendido (Binay Tara Foundation, Prostate Cancer in 2026).
Con esos tres datos, el sistema NCCN —la guía que siguen la mayoría de oncólogos en el mundo— coloca a cada paciente en un grupo de riesgo: muy bajo, bajo, intermedio favorable, intermedio desfavorable, alto o muy alto. Cuanto más alto el grupo, más agresivo suele ser el tratamiento recomendado (Binay Tara Foundation, Prostate Cancer in 2026).
Para tumores localizados (que no han salido de la próstata), hay tres caminos posibles: observación, cirugía y radiación, y aquí viene el primer dato que te va a dejar helado.
Un ensayo clínico británico, el estudio ProtecT, siguió durante 15 años a 1,643 hombres con cáncer de próstata localizado. Los repartieron al azar en tres grupos: vigilancia activa (solo observar y hacer análisis periódicos, sin tratar), cirugía para quitar la próstata, o radioterapia (Hamdy et al., New England Journal of Medicine, 2023).
Quince años después, la diferencia en muertes por cáncer de próstata entre los tres grupos fue estadísticamente irrelevante: 3.1% en vigilancia, 2.2% en cirugía, 2.9% en radioterapia (Hamdy et al., New England Journal of Medicine, 2023).
Los propios autores, publicando en el New England Journal of Medicine, escribieron que un tratamiento más agresivo puede hacer más daño que bien, dependiendo de los efectos secundarios que provoque (Hamdy et al., New England Journal of Medicine, 2023).
Sí, la cirugía y la radioterapia redujeron a la mitad el riesgo de que el tumor progresara o hiciera metástasis (Hamdy et al., New England Journal of Medicine, 2023), pero eso no se tradujo en vivir más años. Y una cuarta parte de los hombres en vigilancia activa —133 personas— llegaron vivos a los 15 años sin haber recibido ningún tratamiento agresivo (Hamdy et al., New England Journal of Medicine, 2023). Según el protocolo estándar de la mayoría de hospitales, cada uno de ellos habría sido operado o irradiado, y después contado como «una vida salvada por el tratamiento».
Pero si el tratamiento ha demostrado no ser útil en cáncer localizado, en el caso de tumores más avanzados o de alto riesgo, la cosa se transforma en siniestra.
La piedra angular del tratamiento oficial en tumores de próstata avanzados es la terapia de deprivación androgénica (TDA): fármacos o cirugía que bajan la testosterona a niveles de castración, a veces combinados con quimioterapia (Binay Tara Foundation, Prostate Cancer in 2026).
Un metaanálisis reciente con más de 10,000 hombres en 13 ensayos internacionales (MARCAP) encontró que la mayor parte del beneficio de esta terapia se obtiene en los primeros 9 a 12 meses, y que prolongarla más allá aporta poco beneficio extra mientras sigue acumulando daño (ecancer, MARCAP meta-analysis, 2025).
Los efectos secundarios no son un detalle menor, son el centro de la decisión. El mismo equipo de ProtecT midió con precisión cuántos hombres hay que tratar para causar un daño adicional, comparado con simplemente vigilar (Donovan et al., New England Journal of Medicine, 2016):
La terapia hormonal (TDA) añade su propia factura: pérdida de masa muscular, aumento de grasa, fatiga, sofocos, deterioro óseo y un peor perfil cardiovascular y metabólico, especialmente cuando se mantiene durante años (ecancer, MARCAP meta-analysis, 2025)(UCLA Newsroom, 2025).
Porque la testosterona es ESENCIAL para el mantenimiento de una masa muscular que es el mejor regulador endocrino y lo que TODO enfermo debe mantener o aumentar (artículo).
Aquí es donde la historia oficial se transforma en una película de terror.
La terapia hormonal parte de una idea muy simple: «el cáncer de próstata se alimenta de testosterona, así que si la bajamos, el tumor se queda sin combustible». Esa idea tiene casi 90 años y sigue mandando en la práctica clínica de hoy (Sharifi, PMC, 2010). Pero hay tres grietas importantes en ese razonamiento.
La primera es que ningún cáncer depende de una sola hormona. La próstata, como casi cualquier tumor, responde también a la insulina y al factor de crecimiento IGF-1, dos moléculas que empujan directamente la proliferación celular (Grimberg y Cohen, Journal of Endocrinological Investigation, 1999)(Elemam et al., Frontiers in Endocrinology, 2024).
De hecho, se ha demostrado que la propia testosterona aumenta la cantidad de receptores de IGF-1 en las células prostáticas, haciendo que estas se vuelvan más sensibles al efecto estimulante de la insulina (Pandini et al., Cancer Research, 2005). Atacar solo la testosterona e ignorar la insulina es como intentar apagar un fuego cerrando una sola de las tres llaves de gas que lo alimentan.
La segunda grieta, y quizás la más importante: los datos no dicen que la testosterona sea el enemigo. Un estudio con 762 pacientes encontró que los hombres con testosterona baja en el momento del diagnóstico tenían un riesgo 10.7 veces mayor de morir específicamente por cáncer de próstata, y tumores con características más agresivas (Tu et al., PMC, 2017). Otro estudio de MD Anderson halló que la testosterona baja se asociaba a un 60% más de probabilidad de que la enfermedad progresara durante la vigilancia activa (MD Anderson Cancer Center, 2026). La testosterona baja no parece ser la protección: parece ser la señal de alarma.
La tercera grieta apunta hacia dónde debería mirar realmente la investigación: la aromatización, es decir, la conversión de testosterona en estrógenos dentro del propio tejido prostático. En modelos animales sin la enzima que hace esa conversión (la aromatasa), niveles altos de testosterona solo producen un crecimiento benigno de la próstata, nunca cáncer (Di Zazzo et al., PMC, 2018).
La enzima aromatasa está sobreexpresada precisamente en los cánceres de próstata más agresivos y resistentes al tratamiento hormonal, y activa una vía (receptor de estrógenos alfa) que promueve directamente la metástasis (Liang et al., Cancer Letters, 2019). Mientras tanto, el otro receptor de estrógenos, el beta, parece ejercer justo el efecto contrario: frena el tumor (Belluti et al., Cancers, 2023)(Di Zazzo et al., PMC, 2018). El verdadero sospechoso puede no ser la testosterona, sino lo que el cuerpo hace con ella.
Nada de esto significa que la testosterona sea inocua ni que haya que ignorar el eje hormonal. Significa que el mapa que ha guiado el tratamiento del cáncer de próstata durante casi un siglo está incompleto, y que tratar como si solo existiera una hormona relevante deja fuera variables que probablemente pesan tanto o más.
El reduccionismo en el tratamiento es tan enorme, que pareciera que un niño con retraso ha elaborado las guías, destinadas a condensar la complejidad humana en interruptores que cualquier mediocridad puede manejar sin herniarse.
La clave está, seguramente, y en TODOS los cánceres, en el equilibrio de hormonas sexuales, no en los niveles absolutos de ninguna, con el estradiol como principal “culpable”, como analicé en este otro artículo de la serie dedicada a las hormonas sexuales.
El enfoque metabólico completa el tratamiento oficial, atacando precisamente las piezas que la lógica hormonal clásica deja fuera.
Trabajar sobre la insulina y el IGF-1 mediante estrategias de nutrición, ayuno estructurado y ejercicio de fuerza reduce uno de los combustibles de crecimiento que la TDA ignora por completo (Grimberg y Cohen, Journal of Endocrinological Investigation, 1999)(Elemam et al., Frontiers in Endocrinology, 2024).
Abordar la aromatización y el equilibrio estrogénico, en lugar de limitarse a suprimir la testosterona total, se ajusta mejor a lo que la evidencia reciente señala como el verdadero eje de riesgo (Liang et al., Cancer Letters, 2019)(Belluti et al., Cancers, 2023).
Y proteger la masa muscular, la salud ósea y el metabolismo durante la terapia hormonal ayuda a mitigar buena parte de los efectos secundarios que los propios ensayos documentan con tanta claridad (Donovan et al., New England Journal of Medicine, 2016)(ecancer, MARCAP meta-analysis, 2025).
Estas son las líneas generales; el protocolo completo, con las dosis, los tiempos y la combinación exacta de estrategias según el perfil de cada paciente, es lo que se trabaja en profundidad dentro de la membresía de Oncología Metabólica.
Un resumen de los servicios de las membresías, aquí.
Que profesionales que realicen tratamiento, no convencional, hay por la zona de Girona?
Me diagnosticaron cáncer de próstata hace 5 años, me negué al tratamiento, sigo una cura de Medicina Natural (que querría complementar), y actualmente tengo una PSA de 25.
Gracias.
Alfonso sos genial. Gracias por tanto! desde Argentina. Leti
Muchas gracias