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Hace 10 años ya leía acerca de la importancia de las emociones y de ciertas características de personalidad en el inicio y desarrollo del cáncer, pero era impermeable a esa información.
No la desestimaba, pero me veía incapaz de aterrizarla en acciones concretas y mi mente excesivamente “racional”, ingenieril y práctica la encontraba demasiado vaga, así que no pasaba de cuatro indicaciones y frases hechas.
Pero el tiempo me ha alertado de mi error. Ahora creo que el componente emocional es en realidad de una importancia máxima, aunque las sospechas de por qué y cómo influye en el inicio y el desarrollo del cáncer no son tan importantes como las acciones prácticas destinadas a comprender y equilibrar las emociones, que a la postre desencadenan una potente acción terapéutica.
Por eso en este artículo analizaremos las pruebas de correlación entre ciertos componentes de personalidad y el cáncer.
Indice
La psicología no es una pseudociencia, pero algunas de sus propuestas probablemente lo sean.
Pero lo dudoso que incorpora a la práctica clínica habitual no es lo más preocupante, sino lo que deja fuera: hipótesis y protocolos que probablemente serían de gran utilidad para los pacientes.
Digo esto porque la ciencia académica nos ha obligado a desconfiar de sus protocolos, de sus “consensos” y de sus “expertos”: ni todo lo que considera válido lo es, ni todo lo que desprecia merece ser ignorado.
Actualmente, la teoría de clasificación psicológica más aceptada es la de los 5 grandes (o “Big five”): 5 características psicológicas que, al reunirse en determinados clusters, se relacionan con ciertos tipos de personalidad, que a su vez correlacionan con ciertas características de comportamiento (estudio).
Esas 5 características son:
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Pero esa clasificación, compuesta por características aisladas, dificulta la elaboración de perfiles complejos y el descubrimiento de patrones. De ahí la aparición de tantos métodos de agrupamiento de la personalidad en entidades predictivas, que no son reconocidos por la psicología oficial, pero que sí se usan habitualmente en ámbitos corporativos y hasta por parte de servicios de inteligencia, lo cual nos habla de su utilidad práctica real, alejada del estéril academicismo.
Por ejemplo, el inventario de personalidad Myers-Briggs (quien esto escribe es, según él, un INTJ) o el eneagrama (quien esto escribe es, según él, un tipo 1).
El descubrimiento de patrones y el establecimiento de hipótesis es la base del método científico, una base olvidada desde hace décadas, cuando la ciencia fue poseída por las corporaciones, que presionaron para que sólo SUS ensayos en fase III con grupo de control definieran qué es “ciencia” y qué no.
Por eso tantas terapias han quedado relegadas a los márgenes de lo pseudocientífico pese a su utilidad práctica clínica demostrada y la psicología no se salva seguramente de ello.
Una de esas clasificaciones, hoy ya poco aceptada académicamente, no constituye un sistema unificado, sino que agrupa diversas características en tipos de personalidad identificables según cómo se asocian a determinados problemas de salud.
Surgió de diferentes líneas de investigación en psicología médica y de la salud a lo largo de las décadas. Cada tipo fue desarrollado para abordar problemas de salud específicos y tiene su propia historia evolutiva. Han sido catalogados como personalidades tipo A, B, C, D y T:
Por supuesto, no hay tipos absolutos y la mayoría formará parte de un continuo o sólo en determinadas circunstancias será de un tipo u otro. Ahora los describiremos simplemente y luego los comentaremos.
Los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman desarrollaron la teoría de personalidad Tipo A (y B) en la década de 1950. Su insight inicial provino de una observación curiosa: el tapicero que reparaba las sillas de su sala de espera notó que solo los brazos y el borde frontal de los asientos estaban desgastados, sugiriendo que los pacientes se levantaban frecuentemente y esperaban con ansiedad (estudio).
Sus características:
Patrón de comportamiento Tipo B:
El concepto de personalidad Tipo C se desarrolló en la investigación sobre cáncer, principalmente a través del trabajo de Ronald Grossarth-Maticek y Hans Eysenck en las décadas de 1980-1990. Luego analizaremos los defectos metodológicos de su enfoque (estudio).
Patrón de comportamiento Tipo C:
Johan Denollet de la Universidad de Tilburg desarrolló el concepto de personalidad Tipo D («distressed») en los años 1990s, basado en observaciones clínicas en pacientes cardíacos (estudio).
Patrón de comportamiento Tipo D:
El psicólogo Frank Farley aplicó el término «Personalidad Tipo T» (thrill-seeking) a individuos que necesitan estimulación constante y toma de riesgos. Paralelamente, Marvin Zuckerman desarrolló la investigación sobre sensation seeking
Patrón de comportamiento Tipo T:
Estos clusters o agrupaciones de características surgieron como hipótesis tras la observación clínica por parte de especialistas médicos de la correlación entre ciertas dolencias y determinados patrones de comportamiento y personalidad. Los estudios que se llevaron a cabo posteriormente intentaban poner a prueba dichas hipótesis.
¿Cuáles eran las enfermedades a las que cada grupo parecía más propenso?
La polémica llegó debido a los metaanálisis que no encontraban correlaciones significativas entre rasgos de la personalidad y mayor riesgo a padecer cáncer.
Pero el problema, en mi opinión, es metodológico, como tantas veces: la heterogeneidad de formas de evaluar el componente psicológico convierte este tipo de estudios en una pesadilla analítica y no es extraño: reducir algo de semejante complejidad a una clasificación manejable en una Excel es complicado, por no decir descabellado (como sucede con TANTAS otras deducciones basadas en el ámbito bioquímico, no sólo psicológico), pero creer que un metaanálisis es más válido que la observación empírica de tantos médicos a lo largo de tantos años sin dejar espacio para la duda, es aún peor.
Algunos llevamos demasiados años en esto como para ceder a la autoridad de un metaanálisis que intenta definir lo inefable, lo haya puesto en marcha la Cochrane o el vecino del quinto.
Por eso, cuando cambiamos la pregunta, obtenemos respuestas más lógicas, que al final dejan con el culo al aire a la “ciencia” oficial.
Razonemos de esta manera, en dos pasos, para obtener una respuesta indirecta:
Aislemos la variable “estrés”, sin ir más allá, sin entrar en constructos de personalidad, para no sobrecargar el mecanismo simple en que se basa la obtención de “evidencia científica”.
Si reducimos nuestro enfoque, las cosas entonces cambian:
Y si atendemos a factores aislados de influencia del estrés, sabemos que el estrés crónico activa dos sistemas principales: el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), que libera cortisol, una hormona protumoral (estudio) y el sistema nervioso simpático (SNS), que libera catecolaminas (epinefrina y norepinefrina) (estudio).
Analicé esos sistemas en este artículo.
Una vez que sabemos que el estrés es un poderoso factor de riesgo en cáncer, tanto de su aparición como en su pronóstico, y sabiendo que lo importante no es el hecho objetivo estresante en sí, sino cómo lo percibe subjetivamente el sujeto, nos preguntamos ahora: ¿Hay características de personalidad más propensas a percibir de manera más desequilibrada y negativa los hechos estresantes, debido tanto a factores congénitos como aprendidos en función de su historia emocional?
La investigación ha demostrado consistentemente que los rasgos de personalidad predicen – diferencias significativas en la reactividad biológica al estrés.
Es decir, tenemos pruebas objetivas, aunque sean sólo físicas y reducidas a UN SOLO grupo de hormonas, los glucocorticoides, de que el estrés se relaciona con más cáncer y de que lo gestionan peor ciertos tipos de personalidad.
Por tanto, por vías indirectas hemos validado hasta cierto punto la hipótesis de que sí hay ciertos rasgos de personalidad que, al menos al gestionar deficientemente el estrés, pueden facilitar la aparición y el desarrollo del cáncer.
De esa manera, al enfocarnos en una variable, podemos aislarla mejor y no quedarnos detenidos en constructos complejos que la ciencia no está capacitada para analizar con precisión en sus famosos ensayos clínicos de lógica de interruptor.
¿Puede que esos rasgos de personalidad o el estrés mismo no sean hechos causales, sino correlatos de otros procesos que sí son causas?
Puede, pero el paisaje hormonal e inmunitario que desencadena el estrés ha sido muy estudiado e, incluso si queremos quedarnos sólo en explicaciones mecanicistas, estas se ajustan mucho mejor que las hipótesis cogidas por los pelos de que “el cáncer es debido a que una célula muta y se dedica a crecer sin control”.
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Más allá de la evidencia tangencial o indirecta, y de las trampas que los metaanálisis ingenuos pueden tendernos en el camino, siguen vigentes la experiencia clínica, la observación y la poderosa intuición de quienes tratan cada día a decenas de pacientes.
Mi experiencia al entrevistar en el podcast de OM y tratar durante años en el blog de cáncer integral a tantos pacientes que han remitido completa o parcialmente contra todo pronóstico es tozuda: todos ellos tenían ciertos rasgos distintivos de personalidad y antes de la remisión se había producido en ellos un cambio en su forma de percibirse a si mismos y al mundo.
Un cambio que parece ser muy necesario (no sé si casi imprescindible) para alcanzar la remisión, siempre complementado con cambios físicos y terapias que aborden la parte metabólica, claro está.
Algo que podemos llamar catarsis.
Una catarsis que cada uno define de maneras levemente distintas, y a la que han llegado por caminos a veces totalmente diferentes, en otras muy similares.
La evidencia científica que he utilizado para construir el armazón argumental de este post va dirigido a los escépticos mecanicistas: si sólo quieres escuchar explicaciones físicas, lo cierto es que YA hay pruebas del papel que las emociones juegan en la aparición y desarrollo de la enfermedad.
Pero en pleno 2025 ya no es válido quedarte en ese mundo newtoniano limitado y gris. La mecánica cuántica dio un tajo a nuestro entendimiento y abrió una brecha que partió por la mitad ese bloque pétreo de universos rígidos, explicables sólo con tristes ecuaciones.
La maravilla nos espera. Somos el resultado de procesos cósmicos de complejidad que ni podemos imaginar, y no debemos caer en el ridículo de creer que podremos comprenderlos del todo algún día a base de acumular miles de ensayos aleatorizados con grupo de control que miden UNA sola variable cada vez.
Creer eso es tan ridículo como si un párvulo se jactara de poder derribar a un elefante de un golpe.
Como si una hormiga tratase de escalar el Everest.
Como si un alucinado tratase de drenar el océano usando un cubo.
No seamos niños ni locos: asumamos con humildad epistémica la inmensidad del universo y de nuestra incapacidad de comprenderlo cabalmente.
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Porque, más allá de papers, publicaciones sesudas, análisis racionales y “evidencia”, infinidad de terapeutas en todo el mundo comprueban cada día, en sus consultas y su trato constante, que los enfermos de cáncer se caracterizan en muchas ocasiones, por:
Muchos pacientes de cáncer tienen traumas que les han hecho permanecer en una “prisión emocional”. Un hervidero que burbujea interiormente pero que los demás apenas captan. Un magma que trata de erupcionar pero que es mantenido en el interior a costa de ser “abrasado”.
Estas metáforas pueden sonar exageradas para quienes no están en su situación, pero son comprendidas por muchos pacientes, que se reconocen en ellas.
Los pacientes que experimentan un profundo cambio, tras desprenderse de mochilas emocionales que pesaban una tonelada, saben bien de lo que hablo.
Suelen ser los mismos que consiguen remitir la enfermedad, aunque casi siempre ayudados por otras medidas adicionales como las que explico a lo largo de esta membresía en general y en particular en los 3 protocolos metabólicos para aplicar HOY.
Y por eso los tratamientos que les ayuden a cambiar ese paisaje emocional interno, a volcarlo al exterior e impedir que se enquiste interiormente, son tan importantes como los que cambian el paisaje metabólico y endocrino.
Comienzo una serie de artículos que abordarán ese tema de orden práctico con este post: 7 terapias emocionales para pacientes de cáncer, para miembros avanzados o profesionales, y en el tomo IV de la enciclopedia del cáncer titulado, “Mente, espíritu, emociones y cáncer” y que estará disponible para descarga gratuita en el futuro para todos los miembros de OM, abordaré ese tema vital.
Cuerpo y mente no son entidades separadas. Eso quiere decir que es absurdo atender al cuerpo sin atender a la mente (que no es sino una prolongación del primero; también podríamos llamarla otra manifestación no material del organismo), pero, de igual forma, sería absurdo atender a la mente sin atender al cuerpo:
Las evidencias de que el estado de nuestro cuerpo determina la calidad de nuestra mente y el equilibrio de nuestras emociones es ya amplio: la resistencia a la insulina (estudio), la patología intestinal (estudio) o la deficiencia de magnesio, entre otras (estudio) influyen enormemente en nuestro estado de ánimo y nuestras emociones.
Por lo tanto, te aconsejo que abordes cuerpo y mente como un todo y que no olvides que, mientras tratas de sanar tu sistema emocional, trates también el cuerpo, y viceversa.
Por ejemplo, con los 3 protocolos metabólicos para usar HOY.
Encuentra tu catarsis y ve a por ella.